Somos una familia agroecológica dominicana — Ninette, Ezequiel y Coa. Desde alrededor de 2016 nos animamos a cambiar de vida, y venimos transformando esta tierra en un bosque comestible: sembramos, construimos con barro, cuidamos abejas y animales, buscando resiliencia y una vuelta a lo simple.
Somos Ninette, Ezequiel y nuestro hijo Coa, que nació en esta finca hace siete años. Alrededor de 2016 empezamos un cambio de vida y nos pusimos a experimentar con permacultura, agricultura sintrópica, agroforestería, bioconstrucción y apicultura — y, sobre la marcha, con manejo del agua, tecnologías apropiadas y regeneración de suelos.
Permachacra no es una finca productiva ni una empresa agrícola: es nuestra casa, y nuestro lugar de aprendizaje y experimentación. Venimos transformando este terreno —y transformándonos nosotros con él— desde hace casi una década, animándonos a cambiar de vida y a buscar formas más simples y más comunitarias de vivir.
La bioconstrucción es parte de esta historia, pero tiene además su propio proyecto: Somos Barro RD, donde Ninette y Ezequiel llevan la arquitectura, los talleres y la consultoría en tierra un paso más allá de la finca.
Esta tierra en San Antonio de Guerra sostuvo, por generaciones, caña de azúcar y ganadería — un suelo compactado, con poca sombra y poca vida. Cuando llegamos, alrededor de 2016, no teníamos un plan cerrado: teníamos ganas de cambiar de vida y la disposición de aprender haciendo. Coa nació aquí en 2019, en medio de esos primeros años de siembra.
Así, en ciclos que se repiten y se corrigen, hemos ido pasando de un potrero de caña a un terreno cada vez más parecido a un bosque. No fue un plan ejecutado de principio a fin: fue —y sigue siendo— este mismo ciclo, una y otra vez.
Animarse a cambiar de vida tiene algo lindo: no es solo dejar atrás una rutina, es abrirse a aprender de nuevo, despacio y con las manos. Permachacra empezó así —con ganas de vivir distinto, más que con un plan armado— y ese impulso sigue siendo, casi una década después, lo que más nos mueve.
Para nosotros la resiliencia no es un lugar al que se llega: es un camino que se recorre, siempre en construcción. Tiene que ver con adaptarnos, con sostenernos con menos, con volver a intentar. Y también, cada vez más, con algo que fuimos redescubriendo con los años: que esa resiliencia se sostiene mejor en comunidad que en soledad.
Parte de este camino es explorar otras formas de crear y mantener comunidad — muchas de ellas ya existían antes que nosotros, y solo hace falta volver a ellas. En los Andes se le llama minga; aquí en República Dominicana existe el convite: juntar manos entre vecinos para levantar una casa, sembrar un conuco o cosechar, sin que el dinero sea lo único que sostenga el intercambio. Son prácticas que queremos reaprender y retomar, no inventar de nuevo.
Hace más de diez años leímos un libro sobre consumir menos para vivir mejor —una lectura simple, pero que nos marcó— y esa idea de la vuelta a lo simple sigue siendo, de alguna manera, una brújula: menos cosas, más manos, más tiempo, más comunidad.
Un bosque comestible —o sistema agroforestal— no es un huerto grande ni una plantación de una sola cosa: es un ecosistema diseñado para producir alimento, madera, sombra y biomasa imitando cómo se organiza un bosque de verdad, con muchas especies que se necesitan entre sí en vez de competir por lo mismo.
En estos años hemos sembrado miles de árboles, combinando especies alimenticias, frutales, maderables, medicinales y otras especies de servicio. No los pensamos como piezas sueltas, sino como partes de un mismo sistema: cada árbol cumple una función, y esa función cambia según lo que crece a su alrededor.
Para que un sistema así funcione, diseñamos pensando en dos dimensiones a la vez: el espacio —los estratos— y el tiempo —la sucesión.
En vez de sembrar todo al mismo nivel, como en un monocultivo, pensamos en capas de vegetación que van desde el suelo hasta las copas más altas. Cada estrato aprovecha una porción distinta de luz, agua, suelo y espacio — y entre todos generan mucha más biomasa y vida que un solo cultivo ocupando todo el terreno.
De la cobertura del suelo a las especies emergentes: siete capas compartiendo el mismo pedazo de tierra, cada una tomando su porción de sol.
No plantamos pensando solo en el espacio, también en el tiempo. Sembramos juntas especies de crecimiento rápido —que dan sombra, cobertura y las primeras cosechas— con especies que van a tardar años en dar fruto. Las primeras preparan las condiciones —regulan el sol, aportan materia orgánica, protegen el suelo— para que las segundas se puedan desarrollar.
Ciclo corto y medio: yuca, plátano, batata, maíz y otros cultivos sembrados juntos.
El conuco se va llenando de árboles: frutales, maderables y especies de servicio conviven con los cultivos.
Con los años, el sistema se cierra en altura y diversidad, y cada vez se parece más a un bosque.
No es una secuencia obligatoria ni de un solo sentido: un mismo terreno puede tener, al mismo tiempo, un conuco activo, una zona agroforestal joven y un rincón que ya se parece a un bosque.
El cacao ocupa un lugar particular en el bosque. No lo sembramos como un monocultivo a pleno sol, sino creciendo bajo sombra, acompañado de árboles mayores, frutales y especies de servicio y biomasa que van llenando los espacios mientras el sistema madura. Es una cosecha más del bosque, no el único objetivo del terreno.
El conuco es la forma tropical y diversa de sembrar para el día a día: varios cultivos de ciclo corto y medio compartiendo el mismo espacio. Para nosotros es también una etapa — muchas veces un conuco nuevo, con el tiempo, va llenándose de árboles y se convierte en un sistema agroforestal más complejo, sin que eso signifique que el conuco desaparece del todo.
Nada de esto funciona sin cuidar el suelo. Las podas, las hojas y ramas que caen, la cobertura vegetal permanente: todo eso es biomasa, y la tratamos como el motor del sistema, no como un desecho. Con los años, esa materia orgánica acumulada ha ido cambiando el suelo, reteniendo más agua y creando microclimas más frescos dentro de la finca.
No es un solo método: es una manera de vivir hecha de varias prácticas que se sostienen entre sí, casi todas aprendidas más experimentando que estudiando.
Diseñamos el terreno observando el agua, el sol y las pendientes antes de decidir dónde va cada cosa, para que el sistema requiera cada vez menos de nosotros.
Tratamos de resolver en casa lo que podamos: reparar, producir, decidir. Cada cosa que dejamos de comprar afuera es un poco más de libertad para nosotros como familia.
Manejamos el agua de lluvia y del terreno con soluciones simples y a escala de finca — cosecha de agua, gravedad, materiales locales — aprendiendo más de la práctica que de manuales.
Construimos y reparamos con tierra, fibras naturales y madera. Es una de las bases de Permachacra, y también el corazón de Somos Barro RD, el proyecto donde profundizamos en arquitectura, talleres y consultoría en tierra.
Las abejas no son una actividad aparte: están conectadas con la floración del bosque, la polinización, la biodiversidad y la salud general del sistema — además de darnos miel. Cuidarlas es también cuidar todo lo demás.
Varios llegaron rescatados, heridos o de más, sin que los buscáramos. Hoy son parte de la finca y de cómo cuidamos esta tierra en el día a día.
Estas son las escenas que mejor cuentan a Permachacra — el bosque, el cacao, el conuco, las podas, las cosechas, las abejas, el barro y la familia trabajando. El día a día, en tiempo real, se ve mejor en nuestro Instagram.
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@permachacra — fotos y reels del bosque, el cacao, el barro y la vida de finca.
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